Opinión,  Portada

Microburbujas y repúblicas independientes

Lo. C. Gutiérrez

Es la española una sociedad compleja y hasta cierto punto sorprendente en lo referido a sus reacciones -casi siempre viscerales- frente a determinadas situaciones cuando comparada con otras sociedades del que hemos venido a llamar mundo occidental. Quizá contribuya a ello nuestra idiosincrasia, imbuida de la suspicacia propia de la cerrazón localista del que no se fía del vecino o quizá es que simplemente adolecemos de lo que el psiquiatra Luis de Rivera ha tenido a bien de acuñar como patología de la mediocridad inoperante activa.
Solo esa cerrazón propia de quien vive en la república independiente no ya de su casa sino de su propia micro-burbuja o la aceptación de que somos un país donde la excelencia levanta suspicacia y la mediocridad ofrece consuelo, me ofrece algún tipo de explicación sobre la incapacidad manifiesta que mostramos para asimilar aquello de poner las barbas en remojo cuando veamos las del vecino pelar.
Dice De Rivera que la mediocridad, como cualquier patología, también tiene sus grados y el peor lo constituye el llamado “mediocre inoperante activo (MIA), ser incapaz de crear nada valioso pero que detesta e intenta destruir a todo aquél que demuestre un rasgo de excelencia” (SIC). Seguramente todos tenemos en mente a alguien que cumple con esos requisitos y que los ejerce ya sea en nuestro lugar de trabajo o en cualquier otro ámbito de nuestro entorno social. Pero ¿qué ocurre cuando el MIA logra acceder a un estatus de poder con repercusión directa sobre la sociedad como es el caso de políticos y directores de entes públicos?
Se me vienen muchos y variados ejemplos a la cabeza pero sin duda la fallida revolución del sector la navegación aérea prometida por el Ministro de Fomento don José Blanco y el presidente de AENA don Juan Ignacio Lema sirve para ilustrar a la perfección lo que ocurre cuando la incapacidad se hace cargo de la gestión.
El compromiso incumplido de una reducción de tasas aéreas- no han hecho sino incrementar- gracias a los recortes aplicados en los sueldos de los controladores aéreos o el frustrado propósito de erradicar los retrasos que azotan a nuestros aeropuertos convirtiendo la gestión del especio aéreo español en cualquier cosa menos eficaz y competitiva son solo dos de los varios indicativos que demuestran la falta de rumbo y previsión de quienes ya solo atienden a una sola premisa: la privatización.
Quien se terminará haciendo con los aeropuertos y torres en vías de externalización, es todavía un misterio, pero no debiera pasar desapercibida la amalgama de irregularidades que están jalonando el proceso, empezando por la licitación de concesiones antes de adjudicar las asesorías técnicas y jurídicas o la prisa imperiosa que les lleva a acortar de seis a dos meses el plazo que normalmente se toma AENA para resolver concursos; siguiendo con la sospechosa aparición en escena de la constructora San José, militada antaño por el actual presidente del ente, o el descontento generalizado entre las aerolíneas por la incertidumbre que provoca la falta de consenso de unas decisiones tomadas de forma precipitada y poco transparente.
El comportamiento unipersonal poco difiere del comportamiento social, de modo que la psicología colectiva y la individual no hacen sino explicar distintos planos de la realidad. La falta manifiesta de interés que la sociedad  muestra por empatizar y conocer las condiciones en que trabajan otros colectivos y por entender qué oscuros intereses subyacen bajo conflictos laborales artificiosamente creados nos convierte en partícipes de esa mediocridad inoperante activa por delegar y recrearnos en ella precisamente.
El panorama no es que sea desalentador, es que es aterrador. Basta con observar como un candidato con nulas posibilidades de ganar unas elecciones, se jacta de haber decretado el primer estado de alarma de la democracia española para conseguir un puñado de votos o como la Ministra de Defensa ejerce la demagogia populista con idéntica intención al condecorar al Ejercito del Aire por “impedir el chantaje de los controladores”.
La actitud irresponsable y carente de criterio propio de los llamados a formar parte de la futura clase política de este país, que no hacen más que repetir las consignas del viejo amo, no es que sea mucho más esperanzadora. Solo hay que ver la arenga lanzada por dos de ellos ante los retrasos acumulados el sábado 24 de setiembre a causa del cierre de dos pistas en el aeropuerto de Barajas por mantenimiento.
La sospechosa falta de información de AENA y la desidia por no querer saber o, lo que es peor, lanzar infundio intencionadamente contra un colectivo que ha sido demonizado por activa y por pasiva constituye una falta de ética que no veo a quién pude beneficiar más allá de a los interesados en perpetuarse en un sistema de mercadeo donde los políticos venden sus votos a precios populistas, seguros de hallar compradores en sus parroquias para seguir beneficiando a los mismos de siempre. La factura que estamos pagando por ello, no obstante, me está pareciendo excesivamente cara.

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